Silencio en la nieve

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Película floja pero con vocación de sorprender por varias razones. Primero por ser española y tratar de la Segunda Guerra Mundial, segundo por hablar de la División Azul y tercero porque dedicarse a resolver un crimen en mitad de la guerra.

Empieza con una secuencia impactante en plena Rusia con unos caballos congelados y un cadáver con una extraña inscripción: «Mira que te mira Dios». El asesinado es un apreciado falangista y se ordena la investigación de su muerte al soldado Andrade (Juan Diego Botto) ayudado por el sargento Espinosa (Carmelo Gómez).

Estos peculiares Sherlock y Watson se dedican a averiguar quién lo hizo mientras siguen más asesinatos. Uno era ex-inspector de policía, callado y probablemente voluntario para limpiar su pasado mientras que el otro es un hombre mucho más directo y sencillo.

El escenario está muy logrado, al igual que en otra película de guerra del director, Territorio Comanche, sin embargo la película no funciona demasiado bien. Las historias que rodean a la investigación para dar más calor y humanidad a los personajes (sobre todo al prota) son muy prescindibles, extrañas, parecen muy puestas por poner. Es más los dos protagonistas están un tanto desdibujados y no terminas de sentirlos propios.

La investigación y la historia en sí, pues vista me ha dado la impresión de que si el inspector no verbalizaba los descubrimientos tú no tenías ninguna pista de por donde iban los tiros, a pesar de ver lo mismo que él aunque cuando la he contado tenía mucho más sentido y parecía más lógica. Pero no sé si es por mi manera de contarla o porque ya me sabía el final.

De todas formas las secuencias finales yo las veo muy forzadas y hechas de manera que se notan mucho las costuras del guión y que algo pasa porque tiene que darse la oportunidad para que escapen, pero de una manera muy burda y poco lógica, podrían usar otros recursos para lo mismo.

En resumen, película cuidada en lo formal pero muy deslavazada y con un misterio regular y un tanto ilógico, además de algún que otro fallo en efectos especiales, especialmente el fuego por ordenador. Para mí es más para verla en casa pero se gana un aprobado.

Drive

Drive

Película que según se lee o se ama o se odia. Bien, yo creo que ni una cosa ni otra, porque aunque me gustan ciertas imágenes a veces me da la sensación de que es una tomadura de pelo con el simbolismo del escorpión y ese Ryan Gosling absolutamente impenetrable.

El actor hace un no papel al estilo de Bardem en No es país para viejos. Pocas palabras, gesto impasible, pero no sé si es que el actor me cae mal o que su mirada no me transmite pero no me termina de gustar.

La película tiene imágenes potentes, alta violencia y persecuciones muy chulas pero el argumento resulta un tanto difuso. Yo no entiendo por qué el personaje actúa como actúa, ni me dan ningún elemento para juzgarlo. Y quizá la antipatía que me genera hace que no entre en la película. Además la primera parte es excesivamente lenta pero cuando empieza a funcionar la parte de robos y más acción comienza a ganar. Sin embargo no puedo negar escenas muy buenas, como la del burdel, pero encuentro muchos vacíos en el guion y escenas con vocación de modernas y frías pero que me parecen vacías. Definitivamente creo que es porque no me gusta el protagonista.

En resumen, un ni sí ni no, sino todo lo contrario. Aunque no me ha dado la sensación de tirar el dinero del cine no la recomendaría ciegamente, me ha dejado una sensación fría y desde luego no me parece una gran obra maestra como ponen algunos.

Los recuerdos están en las cosas pequeñas

Siempre he pensado que el cliché de los recuerdos repentinos al oír una canción, oler un perfume, saborear un plato o mojar una magdalena eran un tanto exagerados. Pero las cosas no se hacen un tópico fácilmente. No, un tópico aparece porque retrata una parte de la realidad con bastante fidelidad.

Es cierto, es verdad, te pones aquella camisa ya vieja y recuerdas cuando la usabas como camisa de salir y  te vienen a la mente todos los buenos momentos que pasaste con ella. Esa maleta que has llenado tantas veces y que te ha acompañado en tantos viajes.

Sin embargo hay otras veces en que esos pellizcos son un tanto agridulces como cuando estás preparando ese plato que aprendiste de tu abuela y que le encantaba. O llevas esos dulces y sin pensar dices que le van a encantar a alguien que ya no está con nosotros. Ese momento en que recuerdas los buenos momentos pero te vuelve esa pequeña punzada de vacío, ese saber que nunca se volverán a repetir.

Sí, las pequeñas cosas tienen mucho poder. No siempre una fotografía es la que nos hace recordar.

Conan reza a su manera

Cita

«Crom, jamás te había rezado antes, no sirvo para ello. Nadie, ni siquiera tú recordarás si fuimos hombres buenos o malos, por qué luchamos o por qué morimos. No… lo único que importa es que dos se enfrentan a muchos. Eso es lo que importa. El valor te agrada, Crom, concédeme pues una petición, concédeme la venganza. Y si no me escuchas…¡¡¡VETE AL INFIERNO!!!»

– Conan
Conan el Bárbaro.

El recreo, la vuelta a casa y su versión 2.0

Cuando eres un niño se hacen amistades fuertes que se prolongan en la adolescencia. Se comparten las horas de clase, el recreo, las idas y venidas cuando los padres ya no te recogen o vas en la ruta. Unas relaciones que se rompían un poco al llegar a la universidad.

Allí se repetía el ciclo, muchas horas de clases, clubes, fiestas, bibliotecas y los paseos al metro o al autobús comentando las clases, las resacas y qué hacer los fines de semana. Después la gente se iba sacando el carné de conducir y a lo tonto el tener menos horas nos hacía compartir menos las cosas y que las amistades se enfriasen un poco.

Por supuesto, de tus amigos de instituto y colegio apenas quedaba nada a no ser que fueran vecinos o eligieran la misma carrera. Sobre todo según pasaba tiempo desde que dejabas de ir a clase con ellos.

Sin embargo los móviles, el correo electrónico y después las redes sociales han cambiado eso radicalmente. Sobre todo estas dos últimas cosas. El móvil quitó la pereza a llamar a una casa y no dar con alguien, pero era muy caro. Por el contrario en las universidades y después en las casas se extendió internet y eso era mucho más barato. Además te dejaba escribir páginas y páginas.

Así se volvían a compartir tonterías, chismes y noticias. Como si nunca se hubieran perdido esos tiempos muertos de los que disfrutabas estudiando. Siempre en segundo plano mientras trabajas y sin requerir la atención de hablar por teléfono. Gracias a ellos hemos evitado que muchos grupos se disgregaran mucho más y mantener un contacto más fuerte con muchos amigos que la vida ha ido desperdigando por el mundo.