A veces llega un momento en que te haces viejo de repente

La senda del tiempo, gran canción de Celtas Cortos, que aunque sea para cuando te falta algo de amor, a mí siempre me ha evocado esos momentos en que de golpe y porrazo te das cuenta de que ya no eres un niño. Momentos que según ha llegado la treintena se van haciendo cada vez más abundantes.

Y es que en esta sociedad parece que somos jóvenes para siempre, no queremos parecernos a nuestros padres, ni ser gente adulta normal con sus responsabilidades, preferimos llevar una vida parecida en que da lo mismo rondar los veinte que los treinta. Se sigue saliendo, entrando y no encuentras mucha diferencia con gente varios años menor. El llamado síndrome de Peter Pan, o ser adultescente  como lo llaman ahora.

Y sigues tomando copas por ahí hasta que un nacido en los noventa te dice: «Cuando empezabais a salir ¿cómo quedabais sin móviles ni messenger ni Whatsapp ni nada por el estilo?» Y se te caen los palos del sombrajo, se te desencaja la mandíbula y te das cuenta de que con catorce o quince años ¡llamabas a la casa de tus amigos! y ¡si llegabas tarde te tenían que esperar porque no sabías a donde iban!, ¡y no podías cambiar de plan a media salida llamando a otro grupo!

Claro, después llegas a casa y te miras las canas que te han salido…

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