Atracones nocturnos

Todos recordamos ese hambre atroz que nos asedia a horas intempestivas de la noche, cuando las cervezas o las copas se empiezan a amontonar en nuestro estómago. Una realidad ineludible y que tiene como resultado uno de los pequeños placeres de las noches de juerga, la clásica escapada a comer algo. Recuerdo los clásicos asaltos al Burger King en los tiempos de botellón, corriendo para que no se hiciera la una o las dos y nos cerraran, con el pobre segurata de la puerta haciendo frente a una multitud de adolescentes etílicos y hambrientos diciéndoles qué no, qué no, que ya se ha cerrado mientras tú estabas dentro devorando una hamburguesa con cara de satisfacción. Esa satisfacción un tanto canalla que también tienes cuando acabas de aparcar el coche tras muchísimas vueltas y alguien te pregunta que si lo dejas y tú le dices que no.

Y no hay que olvidar esos clásicos bares de bocadillos que están abiertos casi toda la noche, sirviendo bocatas sin parar, en un ambiente cuanto menos curioso, de risa floja, caras demacradas, algunos dormitando y otros que se tienen que salir directamente fuera. Esa impaciencia mientras esperas tu ración de grasaza entre pan y pan. O ahora los kebabs y pizzerías, o bares de perritos.

Eso sin contar los clásicos puestos que se ponían a las salidas de las discotecas, con su pequeña plancha donde se hacen sin parar salchichas, chorizos y panceta. Unos puestos que te recuerdan a las verbenas y fiestas de los pueblos. Esos puestos en los que no comerías nada de nada si estuvieras en tus cabales. Por no hablar de los chinos que te vendían tallarines en mitad de la gran vía, o arroz tres delicias, que también te sabían a gloria bendita.

La de risas que nos habremos echado mientras comes algo, comentando las jugadas de la noche, con un hablar un tanto torpe. Es un momento muy apropiado para esas grandes frases que después se repiten sin cesar y que hace que toda la cuadrilla se parta de risa.

Por último, el clásico de los clásicos, cuando ya no es que sea tarde, sino que es temprano pero del día siguiente. Ese momento en que te metes en el bar para tomarte un chocolate con churros o similar, con algunos que sí van a trabajar, las caras soñolientas, algunas chicas con el maquillaje corrido, la luz mañanera haciendo estragos, el cansancio, la sensación de haber pasado una gran noche. A veces una cabeza soñolienta en tu hombro, manos entrelazadas y el placer primario de comer.

Suelen ser unos epílogos fantásticos, después despedirse y coger la cama con ganas y fuerza o en tiempos encontrarte con tus padres y hablar relajadamente delante de otro café en casa, mientras con sonrisas un tanto cómplices te dicen que ya es hora de acostarte.

O aún mejor, palabras tiernas mientras ella se desmaquilla antes de ir a la cama.

Septiembre me ha pillado melancólico

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