Gracias a la música

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Sé que muchas de las reflexiones tontas que pongo en el blog son más bien de criticar, quejarse o refunfuñar como el viejóven que soy. De hecho, es más fácil criticar que alabar aunque enlace citas que te pidan que disfrutes. Hoy será una entrada en la que agradezco el vivir en el siglo XXI. Un siglo en que la música es algo ubicuo, barato y que se puede disfrutar en cualquier lugar y con un catálogo prácticamente infinito, bien sea en streaming en sus diversas variantes, bien sea bajándote canciones si quieres tenerlo sin necesidad de acceder a internet. Por no hablar de las inmensas posibilidades de aparatos reproductores y altavoces o minicadenas de las que disponemos. Principalmente un smartphone con unos cascos o un altavoz bluetooth o en su defecto un ordenador. En definitiva, la digitalización de la música nos ha terminado de abrir la puerta al increíble lujo de vivir siempre con una canción que nos guste en nuestros oídos. La opción de vivir como en una película con nuestra propia banda sonora.

Y sí, digo lujo porque a veces no nos damos cuenta de dónde venimos.  Este ha sido el último paso de una larga cadena que empezó con la posibilidad de grabar y reproducir música allá por entre mediados y finales del XIX. Una cadena que paso a paso nos ha ido trayendo medios de más calidad y más compactos que permitían llevar la música a cualquier parte. Discos, gramófonos portátiles, minicadenas, radio cassettes para casa o el coche, los walkman, discman… A lo largo del siglo XX cada vez era más barato y más sencillo llevar tu música personalizada. Pero incluso antes era relativamente fácil tener música mediante la radio, aunque en ese caso era más complicado escuchar solo lo que te apetecía, dependías primero de los grupos que tocaran en directo, y después, cuándo ya los medios de grabación estaban extendidos, del gusto e intereses de las cadenas de radio. Todo ello hasta llegar hasta este siglo XXI en el que tener música siempre que queramos nos parece tan natural como tener agua corriente o luz eléctrica.

No puedo imaginarme vivir en un mundo en que si no cantabas tú mismo te tenías que gastar mucho dinero en espectáculos en vivo, ser rico y mantener a músicos o esperar a que fueran las fiestas del pueblo o pasara algún músico ambulante si querías oír algo para animarte. La cantidad de felicidad y buenos ratos que da la música estaban mucho más racionados. Seguramente se la valoraría más, como todo aquello que es escaso y también habría mucha más gente capaz de tocar un instrumento porque si no tocaban ellos mismos, ¡no tenían música! Pero en general sería un mundo más silencioso y triste.

Hay muchas razones importantes para agradecer vivir en esta época, pero a veces me apetece destacar las horas de felicidad y alegría mientras cantas en voz alta, bailas y brincas oyendo tus canciones favoritas. Horas que antes eran mucho más difíciles de conseguir. Pequeñas cosas que traen mucha alegría a este mundo.

 

 

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