¡Esto lo arreglo en dos días!

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Me gustan las conversaciones de bar, el leer blogs de política, los agregadores de noticias como «Menéame» e incluso por temporadas veo tertulias en televisión. Sí, además de varios pelajes y orientaciones. Pero sólo hasta que me hartan los opinadores que saben de todo y que te dicen que eso se soluciona en dos patadas, sin esfuerzo. También los típicos problemas de sesgos, que si lo hacen los míos los perdono, si lo hacen los otros es lo peor que existe en el mundo y otro tipo de cosas que ocurren en los discusiones de España.

Haré hincapié específicamente en esa frase que he puesto como título y otras variantes. No es que quiera ser gente difícil, cosa de la que me quejaba hace bastante tiempo, no, hablo de cómo se despachan en análisis simplistas de media página asuntos que son dilemas desde hace años, décadas o incluso siglos. Y con el convencimiento de que las cosas se hacen mal, o peor de lo que pensabas a propósito porque no quieren aplicar una sencilla solución, porque son malvados y disfrutan dejando las cosas sin solucionar. Luego si pusieras a esa persona a arreglar el problema en esos dos días que promete veríamos como recula y dice que es bastante más complicado en el 90% de los casos.

¿Por qué digo eso?, porque en la vida diaria ya es complicado hacer proyectos. Incluso algunos tan sencillos como organizar un cumpleaños o un viaje tienen más trabajo detrás de lo que parece. Si a eso le vamos añadiendo más gente que se tenga que poner de acuerdo y a la que haya que mandar, pues progresivamente es más complicado. Un ejemplo que suelo poner cuando se habla de política y sociedad, muy manido pero no por ello incierto, es que si en las reuniones de vecinos ya es complicado llegar a un acuerdo ¡cómo no va serlo organizar un municipio, una empresa o un país! No te cuento ya el mundo.

Si para un problema hay una solución que has pensado en diez minutos y que implica poco esfuerzo o dinero, esa solución seguro que no funciona.  O necesita mucho más trabajo para hacerse o tiene unas consecuencias que no has pensado que pueden ser más dañinas que la cosa que quiere solucionar. De eso te puedes dar cuenta analizándolo con más cuidado o simplemente puede pasar que ya lo han probado y no ha funcionado.

Las soluciones serias tienen que tener fundamentos, respaldo y si es posible , contar con experimentos para ver si funcionan. Aún así al cambiar de escala y aplicarse a sitios más grandes pueden ir mal.

Aunque por otra parte, si habláramos solo de lo que sabemos el mundo sería excesivamente silencioso.

Gracias a la música

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Sé que muchas de las reflexiones tontas que pongo en el blog son más bien de criticar, quejarse o refunfuñar como el viejóven que soy. De hecho, es más fácil criticar que alabar aunque enlace citas que te pidan que disfrutes. Hoy será una entrada en la que agradezco el vivir en el siglo XXI. Un siglo en que la música es algo ubicuo, barato y que se puede disfrutar en cualquier lugar y con un catálogo prácticamente infinito, bien sea en streaming en sus diversas variantes, bien sea bajándote canciones si quieres tenerlo sin necesidad de acceder a internet. Por no hablar de las inmensas posibilidades de aparatos reproductores y altavoces o minicadenas de las que disponemos. Principalmente un smartphone con unos cascos o un altavoz bluetooth o en su defecto un ordenador. En definitiva, la digitalización de la música nos ha terminado de abrir la puerta al increíble lujo de vivir siempre con una canción que nos guste en nuestros oídos. La opción de vivir como en una película con nuestra propia banda sonora.

Y sí, digo lujo porque a veces no nos damos cuenta de dónde venimos.  Este ha sido el último paso de una larga cadena que empezó con la posibilidad de grabar y reproducir música allá por entre mediados y finales del XIX. Una cadena que paso a paso nos ha ido trayendo medios de más calidad y más compactos que permitían llevar la música a cualquier parte. Discos, gramófonos portátiles, minicadenas, radio cassettes para casa o el coche, los walkman, discman… A lo largo del siglo XX cada vez era más barato y más sencillo llevar tu música personalizada. Pero incluso antes era relativamente fácil tener música mediante la radio, aunque en ese caso era más complicado escuchar solo lo que te apetecía, dependías primero de los grupos que tocaran en directo, y después, cuándo ya los medios de grabación estaban extendidos, del gusto e intereses de las cadenas de radio. Todo ello hasta llegar hasta este siglo XXI en el que tener música siempre que queramos nos parece tan natural como tener agua corriente o luz eléctrica.

No puedo imaginarme vivir en un mundo en que si no cantabas tú mismo te tenías que gastar mucho dinero en espectáculos en vivo, ser rico y mantener a músicos o esperar a que fueran las fiestas del pueblo o pasara algún músico ambulante si querías oír algo para animarte. La cantidad de felicidad y buenos ratos que da la música estaban mucho más racionados. Seguramente se la valoraría más, como todo aquello que es escaso y también habría mucha más gente capaz de tocar un instrumento porque si no tocaban ellos mismos, ¡no tenían música! Pero en general sería un mundo más silencioso y triste.

Hay muchas razones importantes para agradecer vivir en esta época, pero a veces me apetece destacar las horas de felicidad y alegría mientras cantas en voz alta, bailas y brincas oyendo tus canciones favoritas. Horas que antes eran mucho más difíciles de conseguir. Pequeñas cosas que traen mucha alegría a este mundo.

 

 

¡Vámonos al pueblo!

Mijares

La frase que encabeza este post es dicha con mucha ilusión por gran parte de los madrileños los fines de semana o durante las vacaciones. Supongo que será un sentimiento análogo para muchos urbanitas de gran parte del mundo. Ese deseo de desconectar, respirar aire puro y olvidarse de los problemas que implica vivir en una gran ciudad. Pues yo he de confesar una cosa: nunca he dicho eso con excesiva ilusión, es más, podría decir que prefiero un fin de semana urbano que ir a un pueblito o casa rural.

Probablemente me pase porque soy uno de esos madrileños que no ha tenido pueblo de abuelos porque por un lado de la familia se mudaban bastante por profesión y por el otro, cuando vinieron a Madrid vendieron todo y apenas lo visitaron de nuevo. Eso explica que haya perdido esa mística que tiene el pueblo cuando eres niño y te dejan asalvajarte en la casa del pueblo. Veranos en bici y sin control de los padres hasta la hora de la cena. Eso sí me daba algo de envidia cuando volvía al colegio en septiembre y mis compañeros me lo contaban. Algo que dejaban de contar cuando llegaba la adolescencia y primera juventud. En esas edades te apetece salir mucho y en un pueblo tienes muchas menos opciones y sobre todo, ¡te conoce todo el mundo!, así que no puedes hacer demasiadas cosas sin que se entere toda la gente. Eso sí, en esa edad las casas rurales y el pasar el fin de semana en un pueblo que no sea de nadie puede ser divertido y barato para montar fiestas en casas y disfrutar de tu pareja cuando no tienes casa propia.

Pero no me voy a cebar en cosas de cuando era un joven fiestero, voy a hablar más en general, en ir a pasar un fin de semana en el pueblo de algún conocido a dar paseos por el campo y tomar algo. Impepinablemente, a la hora de volver se oye que qué pena dejar el pueblo con lo a gustito que se está. Y yo no puedo evitar pensar para mis adentros que están locos. A ver, que los paseos está muy bien, y el saludar a la gente, y que pasen pocos coches pero… si me quedo más de tres días me pegaría un tiro. Que ya me sé de memoria los bares, el merendero, el frontón y el paseo a la piscina/ lo que toque que mole en invierno. No, yo ya me he aburrido, sería incapaz de vivir siempre viendo las mismas caras y en un sitio que en cuarto de hora ya lo he recorrido de arriba abajo dos veces. No, a mí no me engañan, les gusta su pueblo porque es suyo y se acuerdan de su infancia pero ¡más de una semana allí! prefiero que me torturen.

Definitivamente soy un urbanita gilipollas.

Edreams: incompetentes o timadores

Esta es una entrada de queja y desahogo que seguramente no sirva para nada porque este blog tiene poco tráfico, pero me apetece dejar claro que eDreams es algo que no recomiendo para nada. Como digo en el título no sé si eDreams es una agencia llena de inútiles o si realmente son tirando a estafadores. Desde luego eDreams es una agencia que funciona muy mal. Como digo, no solo no la volveré a usar sino que me quejaré siempre que se hable con alguien de reservar vacaciones para que no se le ocurra usarla. Que mejor demostración de cabreo que escribir un post en mi blog. Aparte de las reclamaciones ante las instancias correspondientes aunque supongo que eDreams pasará de ello totalmente. De hecho, si buscas críticas en internet encuentras unas cuantas como aquí, aquí o aquí . Sólo con googlear salen muchas cosas como lo que enlazo de tripadvisor.

Os explicaré mi cabreo, el 30 de junio, hace tres días, reservé por el portal un viaje de ida y vuelta para cinco personas, puse la tarjeta y me cargó el dinero de los billetes, que recibí el SMS del banco. Bueno, realmente me cargó 25 euros más de los que ponía en la web cuando pulsé el botón de aceptar, pero todavía no estaba demasiado mosca. Me mandan a continuación un correo diciendo que la ida está reservada y que la vuelta está pendiente de confirmación, que si en 24 horas no sé nada llame a un número de atención al cliente, obviamente un 902 que te cobra un dineral.

Al día siguiente recibo un correo que dice que la tarjeta está denegada, consulto con mi banco y sigue teniendo la operación hecha y me da los códigos de transferencia, vamos que está pagado y eDreams lo tiene. Llamo al servicio de desatención al cliente de eDreams y me dice que no, que ese correo era un error y que en realidad había subido el precio y me tenían que cargar más porque había subido. Les digo que acepto y les pido que me manden un correo. El servicio de atención al cliente realmente ni se disculpa del error y a la menor queja te dice que te devuelve el dinero aunque tras consultar me dice que tarda cuatro días.  Dice que mira el día de vuelta y me emplaza a que espere otras 24 horas. Tras ver lo que cuesta su atención al cliente —que además tardan en responder bastante— busco un número gratuito alternativo al 902 887 107 y descubro el 934457153 aquí que luego me ha funcionado. Por supuesto no recibo ningún correo de los prometidos.

Siguiente día se vuelve a llamar y vuelve a decir que está pendiente de confirmación y que tenemos que esperar, que si no queremos que nos reembolsan el dinero, pero no nos dejan muy claro por qué la compañía no lo confirma. De hecho entro en la web y en el vuelo que he reservado y desde la compañía me deja llegar a escoger asiento y solo tener que meter la tarjeta. ¡Más de la mitad del avión libre! Pruebo también en twitter y el que gestiona me dice que no es posible confirmar ninguno de los dos vuelos y que me reembolsará el dinero. Digo que no me vale pero es tarde y no responden en el día.

Esta mañana descubro un mensaje directo de twitter que dice que: «Lo sentimos, pero no es posible recuperar ninguna de las dos reservas al no haber podido realizar el pago de forma inmediata» cosa rara porque mi tarjeta tiene bloqueado ese dinero desde el 30 de junio y me ofrecen un descuento para una próxima reserva. Llamo al número de atención al cliente y me dicen que he pedido reembolso yo, y que si eso me pasan a otro departamento de reclamaciones.  Al pasar sigue sonando mucho y pasando minutos hasta que me cuelgan. Después otros veinte minutos para que me vuelvan a coger y la persona que me coge se niega a darme su nombre y apellidos y dice que solo puedo hacer otra reserva, que han pasado 48 horas desde la última y no pueden reservarlo, que nos lo devuelven. ¡48 horas que me han hecho esperar ellos sin avisarme de eso!. Y si le insisto en que me manden un correo o me pasen con un departamento de reclamaciones me repite que haga una nueva reserva que en cuatro días como máximo tendré el dinero de ésta. Y además diciendo que nosotros habíamos solicitado el reembolso, no que lo habían hecho ellos. Y sin explicarme por qué no conseguían los billetes, hablando como una grabación repitiendo lo mismo, negándose de nuevo a darme su nombre y apellidos hasta que me cuelga.

En fin, contentísimo con las nuevas tecnologías y las compras por internet. Mira que he comprado billetes —en las páginas de compañías— sin ningún problema. Pues eDreams , agencia de viajes por internet, no es capaz de sacar unos billetes o saber si los tienes en menos de tres días.

Por resumir, en tres días te dicen que son incapaces de comprar billetes de avión a una empresa en la que si entro yo directamente veo que hay plazas, me cogen el dinero —con unos 25€ de más sin aclarar el concepto—, se equivocan al mandar correos, tienen un 902 que además te tiene en espera mucho rato, te hacen el reembolso diciendo que tú se lo has pedido cuando tú quieres los billetes y su solución es que si eso compre otra vez. Y las explicaciones, según el agente o si es por teléfono o twitter van siendo diferentes. Que no se ha confirmado uno, que si no aceptaban el pago, que si no se ha pagado inmediatamente. Y por supuesto, desde el 1 de julio sin recibir ningún correo de como va. Creo que si no llamamos pues ni nos enteramos. Vamos, que no sé si solo son muy incompetentes o si además tienen mucha caradura para manejar tu dinero.

eDreams NUNCA MÁS.

La inutilidad del «tenía que»

tenía que

¿Cuántas veces habré dicho en mi vida «tenía que haber hecho esto», «si lo hubiera hecho de otra manera», «debería haberme dado cuenta», «podría haber elegido esto otro»…? Muchísimas, tantas que creo que por fin cubrí el cupo y ya casi se han borrado de mi lenguaje. Son unas expresiones que repetía con mucha frecuencia porque mi familia también las usa de una manera desaforada. Sin embargo, hasta que no hice un experimento un tanto tonto no fui consciente de cuánto las usaba. Es más no fui consciente que las usaba demasiado y no me sentaba nada bien.

El experimento que me abrió los ojos fue bien sencillo, cada vez que decía una de esas expresiones referidas al pasado tenía que poner un euro en una hucha. Cuando a la semana abrí la hucha y tenía dinero suficiente para las juergas de fin de semana me di cuenta de que lo usaba en exceso y conseguí ser consciente de cuanto lo decía y lo mal que me sentaba. ¿Por qué me sentaba mal? Porque era una manera absolutamente inútil de expresarme. No me servía para nada.

Y por qué no me servía para nada, porque intentaba solucionar algo que no podía, algo que ya había pasado. No solo eso, también me echaba la culpa de no haberlo visto antes, era responsabilidad mía: tenía que haberlo sabido, debería haberlo hecho de otra manera, podría haber hecho otra cosa… Yo era quien tenía la culpa, no había circunstancias ni causas externas que me libraran de la responsabilidad. Y, oye, aunque muchas veces se puede predecir el resultado de algo y uno es responsable de sus actos; otras muchísimas más no tienes suficiente información ni tienes la bola de cristal que te permita adivinar las cosas. No, a toro pasado es muy fácil darse cuenta de las cosas, lo difícil es darse cuenta en el momento.

También observé que esta manía se extendía a cosas tontísimas por las que también me fustigaba y declaraba culpable, desde entrar en un bar desconocido sin referencias y pensar después que en otro hubiera comido mejor —aunque en éste había comido normal— o cuando después de comprar algo de ropa al llegar a casa pensaba que tenía que haber comprado aquello que no elegí en la tienda. Casi en cada momento pensaba en todo lo que podía estar haciendo en lugar de lo que había elegido. Si iba al cine tendría que haberme ido de copas con el otro grupo de amigos, si iba a tomar el aperitivo debería haber ido a esa exposición con fulanito, si estaba en la piscina debería haber ido de excursión… Y no porque lo estuviera pasando mal en ese momento sino porque puede que la otra elección fuera mejor.  Aunque estoy convencido que si hubiera elegido lo otro pensaría igual, que la elección que no había escogido hubiera estado mejor. Una locura. Si los «tenía que» son malos en cosas serias, extendidos a casi todas las elecciones de tu vida son muchas papeletas para ser infeliz sin tener una razón muy objetiva. Otro de esos ejemplos tontos que era clásico era aquel de que te ha tratado mal un dependiente, un camarero o consideras que algo está mal pero no dices nada y luego estás medio día pensando en que deberías haberlo dicho.

Pero como decía al principio, me he quitado bastante. Cuando hago algo me concentro en ese algo que estoy haciendo y no en todas las cosas alternativas que podría haber hecho. Porque muchas veces me amargaba cosas que no salían desastrosas en absoluto. Es más, ya casi ni lo hago cuando el plan que he elegido ha resultado un desastre. En vez de pensar que tendría que haber elegido otra cosa, simplemente tomo nota y sé que seguramente no le daré una segunda oportunidad ni lo repetiré y si encuentro los errores, los tengo en cuenta para no repetirlos en un futuro. Y si hay algo que no me gusta, o protesto en el momento, o lo dejo pasar, pero no me paso un día después pensando que tendría que haber protestado.

Ya cuando hablamos de cosas más serias, de esas decisiones de las que te arrepientes cuando revisas tu pasado y ves metidas de pata que han marcado tu vida ya casi no pienso en lo que tendría que haber hecho en vez de lo que hice. ¿Por qué? Porque no puedo viajar al pasado y decir a mi yo más joven que lo haga de otra manera, no, ahora pienso que si en un futuro se me da una situación parecida ya sé lo que no tengo que hacer, o con lo que no estoy contento y trato de actuar de una manera diferente. Porque el pasado ya no existe y dar vueltas sobre lo que podías haber hecho esa vez y qué consecuencias podría haber tenido otra elección es un ejercicio de ficción agotador e inútil, porque todas esas ramificaciones no existen y tampoco sabes como te hubieran resultado, es más, si actúas así seguramente no aprendas ninguna lección porque estás entretenido pensando pasados alternativos que nunca han existido. No, centrarse en el pasado sin sacar conclusiones para tu futuro nunca ha sido una buena cosa. Hay que usar el pasado para abordar el futuro mejor preparado.

La gente gris

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Muchas veces recuerdo uno de mis libros favoritos de la infancia: Momo de Michael Ende. Siempre me viene la imagen de los hombres grises que ahorran tiempo. Porque hay que guardar el tiempo para hacer las cosas más adelante, algo en cierto modo relacionado con la anterior entrada. Esos hombres grises se quedaban con el tiempo que no utilizábamos, era lo que les daba la vida.

Sin embargo, ese nombre de hombre grises automáticamente pone otra imagen en mi cabeza. Pasan de ser hombres grises a la gente gris. Mediocre, rutinaria, sin chispa… Definición que podría correspondernos al común de los mortales, incluso cuando a veces digamos que no, que nosotros somos diferentes, porque solemos ser diferentes todos de la misma forma. Sí, suena contradictorio pero parece que la rebeldía y ser antisistema también está muy estereotipado. O el ser original al vestir o actuar. Todo parece mediatizado por la cultura que nos rodea, sea para seguirla o para enfrentarse a ella.

Si lo pienso mejor, no, la gente normal no es en verdad gente gris. La gente gris para mí es la gente común, pero sin ganas, que repiten lo mismo una y otra vez sin sacarle nada de placer. Se parecen un poco a los hombres grises en que queman el tiempo en vez de disfrutarlo, pero la desgracia es que ese tiempo es suyo, no se lo roban a los que lo ahorran. Queman el tiempo viendo cosas sin ganas, yendo a sitios porque tienen que ir y cumpliendo ciertos hitos que les demanda la sociedad pero sin un gramo de ilusión al hacerlo, sin apenas palabras bonitas a los demás porque cuando están es para hacer bulto, y es más fácil que abran la boca para protestar que para elogiar aunque normalmente se ponen de perfil. Son personajes que parecen de corchopán, mustios y que absorben la alegría de los demás sin devolver nada a cambio ni que parezca que la disfruten. Son la nada. Y creo que los quiero muy lejos.